miércoles, 28 de diciembre de 2022

Currículo de Los Intrépidos Dimensionautas





Búsqueda a lo Desconocido. 1

La Segunda Aventura. 2

Viajes –La Tercera gran Aventura. 2

Expedición Hacia la gran Paradoja. 4

Venganza Orgarrobótica. 5

El Ente Oscuro. 6

Los Macrohéroes. 6

Raptos en la Onceava Dimensión. 7

Experimentos... . 7

Encrucijada –La Décimo Macroaventura. 8

Incursiones. 9

Desfasajes. 9

Bifurcaciones. 10

Encuentros. 11

Desvío Hacia la Región Prohibida. 12

Confrontación Tié. 12

Proyecto Antimateria. 13

Exploración Hacia el Mundo de los Plurales. 13

Paradoja en el Espacio-Tiempo. 13

Hallazgos –La Vigésimo Magnoaventura. 14

Detalles Generales 14

  


Búsqueda a lo Desconocido.

Esta historia comienza como una novela de misterio que adquiere tintes de terror en el quinto capítulo de su primera parte. Sin embargo, a medida que la trama se desarrolla, se sumerge en el fascinante mundo de la ciencia ficción cuando un intrigante telefonema procedente de la cuarta dimensión cambia por completo la perspectiva de los protagonistas.

El foco inicial recae en un misterioso modular con una puerta imposible de abrir, desencadenando así la primera parte de la novela dividida en siete cautivadores capítulos. Posteriormente, la narrativa se centra en la llegada de un visitante de la cuarta dimensión, quien al intentar abrir la puerta, arrastra a los tres personajes principales hacia un vórtice. Estos personajes son Jorge, un ciclotímico tragicómico; Andrés, un individuo recio con un humor sarcástico y algo frío; y Emilia, una mujer refinada, remilgada e histérica.

En la segunda parte, se aventuran en un mundo extraño en busca de los enigmáticos cristales caucarios, contando con la ayuda de unos documentalistas. Durante esta travesía, Jorge se enamora de Afleria, y el grupo se ve amenazado por un terrícola atrapado en esa dimensión. El clímax llega en el octavo y último capítulo cuando Jorge, enfrentándose a una dolorosa decisión, debe abandonar a su amada para embarcarse en una nave espacial. Su misión: ayudar a pilotar la nave a través de un agujero negro que, según se cree, es la puerta de regreso a su dimensión.

La tercera parte lleva a los personajes a explorar un mundo aún más extraño, lleno de peligros y rarezas sin igual. Su odisea culmina con el descubrimiento del último cristal, y aunque logran sellar el vórtice, para Jorge todo parece perdido. La resolución llega en el sexto y último capítulo, dejando un minúsculo interrogante que anticipa emocionantes posibilidades para el segundo libro.

 


La Segunda Aventura.

         Esta intrigante trilogía se inicia con su primera parte, dividida en tres cautivadores capítulos. Los documentalistas, incluyendo a Jorge, emprenden una exploración del subterráneo río, un enigma pendiente de la primera novela. Su viaje los lleva a Ciudad Cristal, donde conocen a Crisalia. Jorge, sorprendido por las similitudes entre Crisalia y su amigo Manuel, comparte sus observaciones. Posteriormente, la narrativa se traslada a un continente helado, donde Esláter y su esposa visitan al grupo, aprovechando la oportunidad para regresar a la Tierra.

En la segunda parte, la trama se centra en el romance entre Manuel y Crisalia, dos de los protagonistas clave de esta saga. Se introducen personajes conflictivos y cómicos, mientras la NASA los rastrea y finalmente los captura. Sin embargo, la misteriosa aparición de la nave interdimensional de Esláter actúa como su salvación, rescatándolos de las garras de la agencia espacial.

La tercera parte lleva a los personajes a un planeta altamente contaminado, donde enfrentan una letal lluvia ácida y la aparente muerte de Crisalia. Jorge, sumido en la depresión y en un viejo vicio del pasado, encuentra su mundo en ruinas. Sin embargo, el rescate de Esláter y Mandarina marca un giro inesperado. Escapan de una ciudad a punto de explotar y encuentran refugio en otra, donde experimentan una curación casi milagrosa. Crisalia revive, y Jorge se recupera, ambos enfrentando desafíos y cambios profundos. En reconocimiento a sus hazañas, todos son nombrados dimensionautas honorarios e invitados a tripular una avanzada dimensionave, dando así inicio a la emocionante tercera novela.


 

Viajes –La Tercera gran Aventura.

         Esta apasionante serie marca la transición de los personajes a la condición de dimensionautas, embarcándose en una nave interdimensional, la cual es, por supuesto, experimental. Inspirado por la insatisfacción ante series de ciencia ficción que exploran mundos similares a la Tierra, decidí crear mi propia obra, repleta de mundos completamente distintos, compuesta por 20 cautivadores capítulos.

En esta travesía, se introduce al singular personaje Cibernetus, un robot peculiar que imita expresiones, manierismos y hasta desarrolla su propia personalidad, logrando irritar rápidamente a Jorge. En el primer capítulo, surge un dilema sobre la mortalidad de los terrícolas al enterarse de la muerte de la tatarabuela de Jorge. Aunque el problema se resuelve con el acrisolador, Gervasio, al no encajar en la temática, es dejado en la Tierra tras un fugaz viaje en el tiempo.

Explorando el fascinante concepto de viajes temporales, se presenta el trascendental "Viaje al Pasado Lunar", basado en un cuento infantil previo llamado La Historia de la Luna. Este relato se desenvuelve en los últimos capítulos de La Tercera Gran Aventura, pero sin la intervención directa de los dimensionautas. Luego, se lleva a cabo un histórico "Viaje a lo Infinitamente Minúsculo", donde deciden reducirse al tamaño de moléculas, explorando el universo subatómico de manera única. En este viaje, se encuentran con el monstruo de energía que más tarde evolucionará en Segba, una nueva línea de androides de energía.

La serie aborda episodios bíblicos, como el "Viaje a Egipto al Año 1513 AC", donde intervienen en la liberación de los israelitas sin modificar la historia, pero generando complicaciones hilarantes. Personajes como Eduardo y la aparición de Segba en la trama añaden capas fascinantes a la narrativa. Otro capítulo, "Viaje Multiplicado", presenta la confusión entre clones y la advertencia de no cruzar un misterioso vórtice rojo.

La introducción de Exnu, inicialmente concebido como un personaje cómico para niños, añade una nota de cascarrabias. Los viajes sucesivos incluyen encuentros con los terroríficos orgarrobots, la mención del Capitán Láser, y la participación de Alistar y Conomo.

La serie concluye con un enfrentamiento contra un virus sintético que destruye el cachechulote, afectando el estado de Jorge y Afleria, quienes quedan convertidos en dos pequeños seres verdes. La NASA, encabezada por Roller Keenc, vuelve a perseguir a los protagonistas, cerrando así un ciclo narrativo. Este desenlace, inicialmente concebido como el final, deja una breve entrada para la posibilidad de futuras aventuras.

 


Expedición Hacia la gran Paradoja.

         Este emocionante relato introduce por primera vez la influencia de la bifurcación, creando una gran paradoja con más de cuatro realidades alternativas. En esta ocasión, Esláter y Mandarina deben ocuparse de criar a sus mellizos, Léster y Manzana, lo que lleva a Alistar y Conomo a integrarse al grupo denominado dimensionautas Jade. La estructura del libro se divide en una breve introducción y 12 extensos capítulos fragmentados.

Durante un accidental viaje a la prehistoria, los personajes se percatan de la diferencia temporal causada por la bifurcación, cuyo origen aún es desconocido. En la "Expedición a lo Microbiológico", hace su aparición Sonev, un personaje previamente protagonista de Historias Fantásticas en su adolescencia. A lo largo de sus pruebas para alcanzar el estatus de dimensionautas profesionales, el grupo Jade, a pesar de la sofisticación de la nueva tecnología, enfrenta tormentas hiperespaciales que inyectan una dosis gradual de acción a la trama.

En la cuarta expedición, emerge Electro, un energoide malinterpretado como una simple criatura de energía. Este capítulo se desarrolla en un planeta que experimenta cambios de densidad. La NASA, en colaboración con los rusos, captura a peligrosos piratas espaciales, desencadenando una persecución que los lleva hasta la época de Jesús, respetando los diálogos bíblicos originales.

Inspirado en el cómic del Increíble Hulk, Manuel experimenta metamorfosis causadas por dimensionautas del microcosmos, desencadenando el primer conflicto marital con Crisalia. En un viaje a la Tierra durante la adolescencia de Manuel, se revelan eventos intrigantes, incluyendo un encuentro romántico entre Afleria (llamada Florencia) y Manuel.

La expedición siguiente involucra el rescate de un miembro atrapado en un asteroide peculiar, habitado por seres vivos con ruedas en lugar de patas y pies. En "Expedición hasta la 'Última' Frontera", exploran dimensiones superiores, descubren el macrocosmos, el hipercosmos, y experimentan su primera salida del universo. Alistar y Conomo sufren una fusión marital, transformándose en el asexual Alismo.

El relato alcanza su punto culminante durante un holocausto en la Tierra, donde Cibernetus entra en acción. Profecías bíblicas se cumplen, y Jorge, aparentemente fallecido, es accidentalmente transportado al futuro lejano. Los dos últimos capítulos están repletos de acción, donde se realiza el primer viaje a una realidad alternativa, Afleria busca a un nuevo Jorge, y se logra desencadenar una paradoja dentro de la bifurcación, alejándola.


 

Venganza Orgarrobótica:

        Habiendo explorado la antienergía, la radiación gamma y enfrentado a los segbas, los dimensionautas alteraron su ADN y alcanzaron fronteras inimaginables de la tecnología, tocando lo más álgido del conocimiento. Sin embargo, nada parecía ser suficiente para poner fin a sus hazañas. Inspirado por nuevas ideas, decidí crear el quinto libro, una nueva trilogía donde los orgarrobots resurgen en un mundo sin gravedad.

Hecloíra, una temponauta que ya había aparecido en Historias Fantásticas, donde los menciona junto con los macrohéroes, toma un papel protagónico aquí, junto con su esposo Carlos y su hijo Nicol, dos personajes conflictivos.

El relato introduce al grupo de dimensionautas recolectores de animales, quienes debutaron en Expedición Rodante en la Dimensión 503. En esta entrega, regresan al microcosmos a través de una brecha que encuentran al reducirse al tamaño de una célula, adentrándose en el interior de una caverna ubicada en el pizarrón de una escuela. Sin embargo, son emboscados y enjuiciados en un planeta que va perdiendo gradualmente sus colores.

Llena de acción, esta novela no solo proporciona una experiencia trepidante, sino que también sienta las bases para una gran secuela que promete seguir expandiendo el universo de los dimensionautas.

 


El Ente Oscuro.

         Desde la intrigante introducción hasta el épico desenlace, esta narrativa está impregnada de superacción, manteniendo a los dimensionautas en un constante frenesí.

Carlos, quien colaboró con la NASA en la replicación del cachechulo, desempeñó un papel crucial con la ayuda del misterioso Ente Oscuro. En un enredo temporal y dimensional, los dimensionautas se ven enfrentados no solo a las fuerzas del mal, sino también al arrogante comportamiento de Diego. Este nuevo y contrastante personaje desestabiliza el equilibrio del cachechulote, infundiendo a la saga de novelas un toque adicional de acción desenfrenada.

Con una introducción cautivadora, seis capítulos cortos y dos extensos y divididos, esta historia transporta a los lectores a un fascinante mundo donde la superacción, la intriga y los giros temporales convergen en una trama envolvente.

 


Los Macrohéroes.

         En esta continuación de la novela anterior, Sonev anticipa la creación de un nuevo grupo de dimensionautas denominado los Macrohéroes, cuya misión es erradicar los últimos vestigios de maldad que persisten en el Universo. Bajo el liderazgo de Diego, el equipo incluye a Electra, la hija de Sonev, el reservado Metamorfo, el introvertido Barón Plateado, el intrépido Magnético y el temeroso Robotito. En este contexto, Exnu regresa y presenta a su esposa Dulce. Ambos son perseguidos por los Duplicadores, plagiadores que aparecieron en Las “Hazañas” del Dimensionauta Exnu, relatando numerosos episodios de dicho libro y compartiendo un viaje hasta la creación del Universo. Este viaje culmina con el descubrimiento de las dimensiones anexas. Exnu y Dulce se integran a un grupo de dimensionautas donde conocen al verdadero Glu, su esposa y su hijo.

En la última parte de la narrativa, tanto los dimensionautas Jade como los Macrohéroes se enfrentan a Araña Escarlata, un criminal creado por el mismo amigo de Sonev, en una lucha por la supervivencia en un desconocido y aislado planeta de una remota dimensión neutra. La trama se estructura con una introducción y tres partes distintas, ofreciendo a los lectores una inmersión fascinante en un universo lleno de acción, descubrimientos y confrontaciones épicas.

 


Raptos en la Onceava Dimensión.

         Nos sumergimos en la octava emocionante aventura, una trilogía que inicia con la presunta muerte del Capitán Láser durante un confuso enfrentamiento con una raza hecha de neutro, una materia oscura hiperdensa. En este trágico episodio, el Barón Plateado encuentra su fin, y Diego renuncia simbólicamente a su papel de capitán, dejando atrás su identidad como Capitán Láser para asumir el nombre de Láser.

Durante esta trama, los dimensionautas se encuentran con los tres fascinantes hongalus: Galvio, Kanye y Hosiga, una raza que experimenta diversas metamorfosis. Estos seres se unen como dimensionautas honorarios en sustitución del científico Alismo. La dimensión en la que se desarrolla esta historia, la onceava en la serie, se convierte en escenario de numerosos secuestros. Los dimensionautas son capturados en una isla, al igual que  Pantera, la mascota creada por Diego en el planeta Dakelófted, y Licuadillo (la mascota adoptada en sus expediciones). Más adelante, Licuadillo regresa como un monstruo biomecánico robótico para amenazar a los dimensionautas en un giro inesperado. Y Pantera, ocurriéndole lo mismo, ayuda a Láser en una trepidante aventura contra estos mismos secuestradores.


 

Experimentos…:

         No podía faltar una novela tejida bajo el manto del terror, y así nace la novena aventura, donde Manuel se ve atormentado por sueños atroces alimentados por una ineludible realidad. Aunque Diego no desempeña un papel directo en esta historia, se hace referencia a su matrimonio con Zamanthra.

La primera parte transporta a los personajes a un planeta donde todo se presenta en blanco y negro, habitado únicamente por dos razas de animales, árboles y plantas. Este enigma se resuelve en la segunda parte, donde los protagonistas se separan con el objetivo de rescatar a dos experimentos de una civilización avanzada: los gemelos del frío y del calor, quienes más tarde se unirán a los Macrohéroes.

La tercera parte sumerge a los dimensionautas en un mundo subacuático. Aquí, Crisalia asiste a Manuel en la confrontación de sus pesadillas, al tiempo que un virus se propaga en el grupo, llevando la realidad más allá de las ficciones presentes en las pesadillas del capitán.

 


Encrucijada –La Décimo Macroaventura.

         Nos adentramos en la décima entrega, una novela extensa equiparable a la tercera y la cuarta, donde los dimensionautas deciden retirarse ante las innovaciones en su dimensionave y Cibernetus. La estructura consta de una introducción, seis capítulos de nudo, uno dividido en dos partes, y un capítulo de desenlace. Tanto el nudo como el desenlace se fragmentan en pequeños episodios. Durante este retiro, se descubren las encrucijadas, puertas que aparecen al azar abriendo brechas en el espacio-tiempo.

Los dimensionautas viajan a la era medieval de Oxuéz y de la Tierra, donde entablan contacto con el rey Ricardo Corazón de León. Simultáneamente, Artina es invadida por extraterrestres, y los dimensionautas se desplazan al siglo XXV, donde se encuentran con el traicionero Iván. Este capítulo es una versión de un libro ilustrado que también escribí, titulado El Tesoro de Halley, en el cual también aparece Tolvio, un personaje de mi obra para niños llamada La Aventura Comienza en Urano. Durante estas travesías, se enfrentan por primera vez a Magnohunoide y al maquiavélico Doctor Dimension, quien compara a Drosifilia con Darkaznef, y a su colega, el Doctor Tiempo, derrotado por Electro-Hombre, un héroe de otra novela que escribí con ese nombre.

Sin embargo, una tragedia separa a los dimensionautas de sus cónyuges, llevando a Jorge y Manuel a contraer segundas nupcias con dos bellas extraterrestres, creyendo a sus esposas fallecidas. Esta situación se resuelve de manera inesperada, y los seis dimensionautas vuelven a casarse. Pero el desarrollo no concluye aquí, ya que tras la supuesta muerte de Magnohunoide, Iván rescata al Doctor Dimension y sus secuaces, quienes sorprenden a los dimensionautas y macrohéroes en una intensa lucha en la vigésimo sexta dimensión.

Cargada de acción, aventuras y conflictos, la trama incluye la muerte y resurrección del capitán Manuel, así como la pérdida de varios macrohéroes bajo el liderazgo del nuevo Capitán Magnético. Con tecnología multimedia y pantallas interactivas, el desenlace resulta inesperado. El grupo Jade, con la incorporación de Diego, Zamanthra y Metamorfo tras la partida de los tres hongalus, experimenta un repentino desplazamiento hacia una distante dimensión en la orilla del Universo, dejando su paradero en incógnita mientras los macrohéroes enfrentan al Doctor Dimension y sus rebeldes del siglo XXXI. Por primera vez, una de las novelas de la saga queda en incógnita, preparando el terreno para la confección de su undécimo libro.

 


Incursiones.

         La inclusión de Diego, Zamanthra y Metamorfo en el equipo de los dimensionautas Jade conllevó diversas complicaciones, especialmente durante su primera misión conjunta cuando se hallaron aislados en la orilla del Universo. Esta trama incluye una fascinante incursión microóptica, donde los protagonistas viajan al ojo de Crisalia para rescatar una dimensionave que queda atrapada en el nucleolo de una célula.

En la búsqueda de una experiencia autóctona, surgió Incursión Gauchesca, donde los dimensionautas se topan con un ancestro de Diego y un extraño meteorito que encierra el misterio de los cubos siniestros: criaturas metamorfas vivientes que se comunican telepáticamente. Al regresar a la dimensión 503, se embarcan en un safari rodante, enfrentándose a los diafroxmos, una nueva plaga que surge en su camino.

Metamorfo desempeña un papel crucial al rescatar a su pareja en la prehistoria de su mundo, al mismo tiempo que se resuelve una tragedia personal. Los cubos siniestros persisten en seguir a los dimensionautas en una nueva misión, donde se reencuentran con Nicol, quien desde temprana edad empieza a manifestar claros síntomas de maldad, desencadenando conflictos con su madre.

¿A quién no le gustaría revivir la niñez conservando la sabiduría de un adulto? Esto es lo que hacen los dimensionautas para resolver un misterio en el siglo XXXV, la época de la temponauta Hecloíra. Después de una intensa lucha que los desplaza al siglo XIX en un oscuro planeta en las afueras de la Vía Láctea, el libro culmina con los dimensionautas a la deriva, sin regresar a sus cuerpos adultos, sin su cachechulote y a bordo de una cápsula azotada por una onda subespacial.

 


Desfasajes.

La Familia Ingalls, o La Pequeña Casa en la Pradera, una de mis series de televisión favoritas, cobra vida en esta adaptación donde los dimensionautas se cruzan accidentalmente con sus personajes durante un viaje temporal. Inspirado en un episodio titulado Hermana Hada Madrina, donde Cary experimenta fantasías que, en esta versión, toman un giro inesperado al convertirse en realidad.

El retorno de Dutño, personaje previamente visto en Incursión en el Planeta de Metamorfo, y, con rasgos de la personalidad de Esláter, marca el inicio de esta nueva aventura. Un accidente durante una huida de un mundo nómada desencadena la apertura de una compuerta que resuena en distintos puntos del espacio-tiempo, transportando a los dimensionautas más de un billón de años en el futuro. Descubren la creación de nuevos Universos y conocen a las formas de vida énicets.

Atrapados en un planeta controlado por máquinas, se enfrentan a un tecnócrata que resulta ser un fragmento superviviente de Magnohunoide. Quedan envueltos en un juego de realidad virtual, se encuentran con piratas espaciales y, tras una tregua, liberan a un destacado híbrido que se une a los macrohéroes.

La trama deja un enigma sin resolver al finalizar, con la partida de Jorge del grupo debido a una clonación de emergencia realizada por Segba, un miembro de los dimensionautas Sepia.

 


Bifurcaciones.

         Jorge, aún distante del grupo y arrastrando consigo a Afleria, adopta un comportamiento peculiar. Mientras se lleva a cabo un saqueo liderado por Nimrod y sus piratas espaciales, se desencadena el origen de una bifurcación con consecuencias antológicas y futuras secuelas.

La extraña conducta de Jorge lo sumerge en un inesperado viaje hacia otra realidad, donde los dinosaurios nunca se extinguieron. Allí, se encuentra con una raza de terrícolas fortachones y un peligroso mermerista, quien lo hipnotiza y asume su identidad con la ayuda de su tecnología. En este escenario, los dimensionautas interactúan con los quantunautas, un grupo previamente presentado en mi novela Historias Rarísimas. Además, Sonev comparte sus experiencias en Historias Fantásticas, ya que algunos personajes de esa obra, los Patrulleros del Tiempo, hacen su aparición.

Los eventos relacionados con Nicol en "Incursiones," las presuntas perversiones de Jorge a manos del mermerista y los actos sangrientos de Metamorfo, desencadenan un conflicto judicial intertemporal que amenaza con la erradicación total del grupo Jade, presente en múltiples realidades. Sin embargo, tras la destrucción de la bifurcación con la colaboración de los quantunautas y sus dobles alternativos de otras realidades, el grupo se disuelve. Jorge renuncia a ser dimensionauta llevándose a su esposa consigo, Zamanthra muere en una realidad inestable, Metamorfo queda en estado fetal debido a la radiación transmitida por su doble al fusionarse, y Esláter y Mandarina deben cuidar a sus hijos.

A pesar de todo, Futuranes asigna a Crisalia y Manuel con los quantunautas para explorar esta nueva frontera de realidades alternativas. No obstante, la intervención del futuro Jade II durante la destrucción de la bifurcación plantea una nueva incógnita.


 

Encuentros.

         Bajo el título Los Nuevos Dimensionautas Jade, Exnu y Dulce ocupan el lugar de Jorge y Afleria, acompañados por una innovadora tripulante en el renovado cachechulote con neurotecnología. Ahora, los dimensionautas pueden controlarlo todo con solo pensarlo, formando un grupo singular en el que Diego experimenta un romance peculiar.

Deseando regresar a la exploración de mundos sin la exagerada superacción, los intrépidos dimensionautas se aventuran en una nueva región de dimensiones. Aquí, alteran su ADN para subsistir en el espacio sin cascos de oxígeno, descubren los minicosmos, enfrentan a itvlime (monstruos hiperespaciales), conocen a los érniyes (dimensionaves vivientes) y a la fascinante biclona Bidia, una princesa capaz de clonarse y luego reintegrarse.

Cibernetus, inicialmente un robot cómico y armado, tuvo sus orígenes destacados pero se pretendió reemplazar por los segbas. En la décima expedición, reapareció con un nuevo cuerpo, cambiando su color dorado a jade metalizado y adquiriendo la habilidad de transformarse en cualquier objeto metálico. Este poder se consolidó con el chip del destruido Robotito en Rapto en la Onceava Dimensión. En esta novela, Cibernetus recibe un cuerpo con componentes orgánicos. Además, Ciberial, creada por Jorge, es rediseñada por Cibernetus y, aunque desaparece en novelas posteriores, tiene un papel destacado como unidad de apoyo para estudiantes dimensionautas de la cuarta dimensión en esta historia.

Una falla en el sistema de ambos robots lleva a que Cibernetus se apodere del cachechulote y emprenda la búsqueda de Ciberial. Su plan es crear cuerpos orgánicos para él y su futura esposa, una nueva raza llamada ciberdianos, con habilidades robóticas similares a las de Cibernetus. Inspirado en el trabajo de Segber (antes Segba), Cibernetus utiliza la biotecnología para construir un cuerpo totalmente orgánico durante la reconstrucción del antiguo cachechulote.

El misterio de Lila se resuelve en el planeta Irarco, atrayendo a Jorge y Afleria debido a los eventos relacionados con Cibernetus. Diego resuelve su conflicto romántico, al igual que el capitán de los dimensionautas Violeta. Metamorfo experimenta una fragmentación que lo divide en cuatro seres diferentes: Melaido, un nuevo Metamorfo, Transmútor y Lila. Aunque Diego y el nuevo Metamorfo deben regresar con los macrohéroes, es incierto si Jorge decidirá reunirse con sus antiguos compañeros. Así, el grupo enfrenta la posibilidad de disolverse nuevamente, mientras la demora en reparar un cristal caucario los impulsa hacia su próxima aventura.

 


Desvío Hacia la Región Prohibida.

         Jorge y Afleria retornan a sus ocupaciones civiles después de regresar de la nueva región de dimensiones a las suyas. Sin embargo, debido al aplazamiento en la reparación de un cristal caucario, se embarcan en una hilarante aventura junto a Manuel, Exnu y la nueva tripulante, Lila. Son desviados a un planeta extravagante donde se ven obligados a derrocar a un ambicioso empresario que utiliza métodos subliminales para hacer gastar a sus clientes.

A pesar de las circunstancias cómicas, el ingeniero sigue considerando la oferta de un supuesto Universonauta que pretende llevarlos a la región espiritual mediante un engañoso plan. Más adelante, Oscor se revela como Nicol durante un confuso viaje por el tiempo, mencionando un enfrentamiento previo cuando eran universonautas.

La intriga se intensifica cuando, aparentemente, el cachechulote es destruido en Al Filo de la Muerte, y son rescatados por ángeles. Contrariamente, Jorge decide seguir una carrera como ingeniero universonauta para diseñar nuevos cachechulotes, bases hiperespaciales y magnonaves. Aunque ofrece disculpas por los eventos en Bifurcación Jurídica: Juicio a los Dimensionautas, Hecloíra asegura que han superado una gran prueba al demostrar su fidelidad a Dios y al evitar transgredir sus mandatos al no cruzar al Reino de los Cielos. Sin embargo, las pruebas no llegan a su fin.

 


Confrontación Tié.

         Los Dimensionautas se embarcan en una nueva misión hacia una frontera inexplorada, donde una técnica emergente —la biónica— amenaza con reemplazar a la tecnología convencional. A bordo del érniye Elmot, descendiente del legendario Osmol, parten hacia una región disputada por una conflictiva raza llamada tié, quienes reclaman el dominio de ese espacio dimensional.

En medio del viaje, Diego sorprende al grupo con la presencia de una nueva compañera, Marcela, una terrícola cuya llegada tiñe la travesía de nuevos matices. Pero la tensión se eleva rápidamente: colosales confrontaciones estallan, y Jorge y Afleria son capturados por los tiés. Como si no fuera suficiente, Elmot es infectado por un virus letal, dejando a la tripulación a la deriva, obligada a reparar su primer cachechulote, al que todos creían perdido para siempre.

Un agujero verde los arrastra a un planeta de gigantes donde son confundidos con insectos y frutas, y luego a un desierto rojo, donde una tormenta de arena separa a Crisalia del grupo. En paralelo, Jorge y Afleria descubren la raíz del conflicto: la guerra con los tiés se remonta a los enfrentamientos con los itvlimes en Encuentros, lo que desata una amenaza mayor de lo que jamás imaginaron.

El conflicto alcanza su punto crítico cuando Crisalia es seducida por un monarca, poniendo en riesgo su regreso. Solo a través del sacrificio, la astucia y la unidad, logran resolver el enfrentamiento... aunque el destino del grupo Jade aún permanece en suspenso. 


Proyecto Antimateria.

         Todo parecía indicar que Diego se encaminaba hacia el matrimonio con Marcela, pero esta unión llevó consigo la integración del científico Damascio y la autodenominada Marcelisa como la médica de a bordo. La inesperada reaparición del cachechulote, previamente considerado destruido, conduce a la formación de dos grupos, siendo uno de ellos liderado por el resurgido Jorge.

En el argumento de esta novela repleta de acción, surge un justiciero conocido como el Inquisidor, abriendo una nueva frontera hacia el universo de antimateria, también conocido como cosmos negativo. Este descubrimiento tiene lugar durante un experimento fallido que pone en peligro numerosas constelaciones en nuestra dimensión y más allá. Al mismo tiempo, los macrohéroes se embarcan en una misión de intervención en una guerra interestelar, donde aparece un ferviente justiciero que, al culpar a los dimensionautas de la desaparición de sus mundos durante una supuesta oleada de antimateria, se enfrenta a ellos.

 


Exploración Hacia el Mundo de los Plurales.

         Cachechulo fue el vehículo que marcó la primera aparición de Esláter. Posteriormente, surgió el cachechulote, y en esta novela, ambos grupos de dimensionautas se unen para tripular una magnonave sofisticada. Este vehículo no solo los lleva a mundos abstractos y extraños, sino que también cuenta con diferentes estaciones, donde Elmot se une a ellos para aprender de su tecnología. Sin embargo, cuando llega el momento de la acción, esta no resulta del todo eficaz.

Los dimensionautas se encuentran en un escenario similar a un "realitishow", siendo estudiados por alienígenas pluralistas que los someten a pruebas cómicas y extravagantes.

En este punto, se repite el desenlace de Desfasaje Hacia los Confines del Tiempo y el Espacio, con algunas diferencias, y entra en escena Qubiec, un viajero de ese universo que guarda un misterio que se revelará en Hallazgo al Cosmos Negativo. Como secuela del experimento de antimateria, los Plurales obtienen acceso a nuestro universo y aparentemente planean invadir este planeta y otros tres, dejando una incógnita durante la intensa persecución por un vórtice azul.

 


Paradoja en el Espacio-Tiempo.

         En la primera parte, los dimensionautas que lograron escapar son transportados a un planeta habitado por hongos gigantes, donde todas las formas de vida adoptan características florales. En la segunda parte, que se divide en tres, se desarrolla una fascinante pero conflictiva historia de amor entre una misma persona proveniente de dos realidades diferentes, siendo uno de género masculino y el otro femenino.

En este punto, se cierra el círculo de la bifurcación cuando el Jade II, bajo el mando de Damascio, interviene en la desintegración de la misma. Además, se aclara el misterioso encuentro anterior con Nicol, que para él fue antes, pero para los demás ocurrió después. Aprovechando la ocasión, Diego clona a su difunta esposa. Sin embargo, una vez más, el paradero de los dimensionautas originales del grupo Jade queda en incógnita al ser atacados por un ambicioso cirquero que adquiere la tecnología de los Plurales.


 

Hallazgos –La Vigésimo Magnoaventura.

         Quería poner punto final a la historia de los dimensionautas, pero numerosas ideas sueltas y distantes me lo impedían. Fue entonces cuando opté por crear esta segunda serie, la número 20, concebida para ser la última y más extensa. A diferencia de las entregas anteriores, aquí, entre capítulo y capítulo, transcurren intervalos de tiempo considerables, permitiendo a los protagonistas regresar a los asombrosos lugares que los destacaron, tales como el microcosmos, el macrocosmos, el universo antimateria, entre otros. Se genera una especie de recuento de sus pasadas aventuras, como un refrito entrelazado con capítulos totalmente nuevos.

Hallazgo en el Modular – La Preaventura se presenta como una suerte de antología, donde Manuel y Jorge se ven envueltos en un viaje temporal accidental. En esta travesía, son testigos de los acontecimientos relacionados principalmente con los codiciados cristales caucarios y se enfrentan al ladrón que los había robado, el cual encuentra su trágico destino en una dimensión neutra.

Además de tejer conexiones con viejas aventuras, los dimensionautas se encuentran con antiguos compañeros como los hongalus, Mancrilia, Huvo y Cicaprusko, los universonautas, Alismo, el tecnamo hipernauta Dutño, Electro, los quantunautas y los macrohéroes. Esta narrativa cierra numerosos círculos temporales, arrojando luz sobre el origen de Magnohunoide, el Doctor Dimension, el modular, el encuentro con sus nietos en Hallazgo en Zuvnía y la captura del Capitán Láser por los orgarrobots.

 


Detalles Generales

         Comenzó con un modular cuya puerta se resistía a abrirse, desatando una extensa saga de ciencia ficción que abraza capítulos repletos de romance, humor, melodramas y misterio. En este entrelazado relato, la realidad se fusiona con la fantasía, la ciencia ficción se entremezcla con lo cotidiano, y se sazona con toques de terror, suspenso, acción, poesía y superacción. A lo largo de esta epopeya, los personajes exploran más de 95 dimensiones o cosmos diferentes, sumergiéndose en más de 140 mundos variados, que incluyen planetas, satélites, asteroides, cometas, electrones, estelas, nucloides y otros entornos únicos. La trama se desenvuelve mediante más de 38 transcendentales viajes en el tiempo, visitas a once realidades distintas y la realización de seis incursiones microscópicas y dos macroscópicas.

No dejé nada al azar, creando mundos completamente ajenos a la Tierra y dando la bienvenida a personajes de otras novelas como protagonistas o simples extras. Incluso solicité a otros que idearan argumentos, explotando tanto ideas clásicas como aquellas menos desarrolladas, siempre con la aspiración de ser lo más original posible. Aunque al escribir a máquina se superaron las 4.700 páginas, al pasar el contenido a la computadora, la cifra se perdió. Estimativamente, el trabajo se extiende por más de 5.000 páginas, escritas en hojas A4 a doble espacio con márgenes de dos centímetros y medio a cada lado, tanto arriba como abajo. La obra se divide en casi 130 partes, fraccionadas en alrededor de 780 capítulos, complementados con casi 200 ilustraciones.

 

 



Gabriel Edgardo Martínez

lunes, 28 de septiembre de 2015

Historias Fantásticas 1x2

PRIMERA HISTORIA HIGOR DE NÁPAR SEGUNDA PARTE ¡EL REGRESO DE LA BESTIA! 

 

 

      Mi primo se había quedado con la sangre en el ojo, y al día siguiente fuimos al pantano de los higos a buscar el cadáver del monstruo. Llegamos al lugar, pero estuvimos toda la mañana y gran parte de la tarde intentando encontrarlo. José localizó las ramas de las higueras que él había quebrado cuando calló, pero palpamos todo el pantano con unos palos largos. Era hondo, y para colmo, el barro del fondo era demasiado blando, parecía arena movediza. José se quería matar, no lo encontrábamos por ningún lado.

–Se habrá hundido José, vamos –le decía.

Pero él estaba loco, se agarraba la cabeza y no dejaba de buscar. Mientras tanto, a mí me estaban comiendo los mosquitos.

Estuvimos varios días buscando, los del pueblo nos habían dado 10.000 australes por la muerte de la criatura, de los cuales, 3.000 eran para mí. Y el Sábado, nos habían organizado una fiesta en nuestro honor. Por fin mi primo se había dado por vencido y decidió llevarse trofeos de la nave espacial. Arrancamos algo que parecía ser una computadora; y recorriéndola más, encontramos una pequeña roca encastrada en una de sus paredes de titanio. Era de metal, José decía que era un meteorito, y no la podíamos sacar, era pesadísima.

La fiesta estaba buena: Comimos asado, choripán, vacío, torta, ¡de todo!. Para entonces Freda ya me tenía loco. Me había hecho el enamorado por un tiempo, y se quería casar conmigo. Y yo no... Esta mina no me conocía, Feye nunca se iba a casar.

La comida estuvo buena, pero después comenzaron a pasar esa música folclórica que a mí me ponían los pelos de punta: Chamamé y todo eso. Y para colmo, Freda no dejaba de insistirme para que bailara con ella.

–Vamos, una pieza. Dale que esto es lento y romántico –me insistía.

–No, salí de acá –le decía yo.

José no tenía problemas, pero para esa hora yo quería desaparecer, y tenía un sueño... Así que, y aprovechando que Freda estaba bailando con un hombre que la sacó de prepo, me escabullí dentro del jeep, lo cubrí con el roñoso y semipodrido techo descapotable y me puse a dormir como un tronco.

No sé cuánto duró la fiesta, pero desde adentro del vehículo podía verlos bailar una y otra vez, siempre lo mismo cada vez que abría los ojos. Oía la voz de Freda preguntando por mí, y yo roncando lo más pancho. Ah, sí….

Después no sé bien lo que pasó, pero nadie se lo esperaba... Me despertaron los gritos. Al levantar la cabeza pude ver el horrorizado rostro de Freda golpeándome la ventanilla y gritándome:

–¡¡¡Feye!!! ¡¡¡Despertate Feye!!!

“¿Qué está pasando?”, me preguntaba dormido.

Freda salió corriendo. Abrí la puerta y todo era un griterío. No sé, pero había despertado en medio de una pesadilla; y al llegar al patio, encontré un pibe ensangrentado, sujetándose del costado mientras trastabillaba.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

–El monstruo... –alcanzó a decirme agonizante, casi cayéndoseme encima.

–¿Qué monstruo? ¡Si lo matamos! –exclamé enloquecido.

–Higor regresó –fueron sus palabras antes de caer y quedar tendido a mis pies.

No reaccionaba, y seguí adelante como un zombi. Adentro el desastre continuaba. Podían oírse gritos, alaridos y hasta un gruñido que me puso los pelos de punta y terminó de despertarme del todo. Corrí hasta el jeep, y ma qué dardos tranquilizantes, tomé la escopeta y entré a la casa. Ahí todo era un desastre: Mesas destrozadas, heridos por todas partes, y hasta dos pibas degolladas. Era de terror. Tenía que matar a esa bestia. Pibes y pibas salían corriendo de todos lados espantados, algunos heridos, otros ensangrentados y muchos Shockeados.

–¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar! –decía abriéndome paso con la escopeta mientras los gritos provenían del fondo.

Cuando llegué, vi a la bestia rompiendo un alambrado. Le disparé, pero aparentemente le erré. Así que le apunté bien; pero alguien se agarró de la escopeta y me hizo disparar hacia arriba.

–¿¡Qué hacés lagarto!? –era el mongui de mi primo. ¡Tenía ganas de matarlo!–. ¿No ves que estaba apuntando?

–Vamos por las armas, tenemos que rastrearlo –me dijo yéndose para el jeep.

Al llegar, me sacó la escopeta y comenzó a cargar las otras con dardos tranquilizantes.

–¿Pero qué hacés? –le decía ya enloquecido–. Mató a un pibe y degolló a dos pibas. ¿No viste cómo las dejó?

–Tengo otra oportunidad y quiero capturarlo vivo esta vez –resolvió ensañado, dispuesto a no cejar.

–Pero esos dardos son una porquería. Se necesitan como diez para que hagan efecto –argumenté.

–Estos son más potentes, podemos dormir a un elefante con uno solo –me explicó dándome unos especiales.

–¿Qué clase de cazadores son ustedes? –nos prepoteó de pronto una vieja.

–De monstruos –le respondió José terminando de prepararse.

–De monstruos... ¿No habían matado al Higor? Miren lo que hizo, mató a tres chicos –exclamó la vieja reuniéndose con un montón.

–Parece que sobrevivió. Nada puede sobrevivir cayendo de esa altura –argumentó mi primo, aseverándoles–: Pero esta vez me voy a asegurar de cazarlo.

Arrancando el jeep, escapamos de ahí, sin darles tiempo a que nos dijeran más nada, y menos a que nos exigieran que les devolviéramos la plata. Eso ni pensarlo.

–¿Vamos a ir a cazarlo ahora? –le pregunté al verlo decidido.

–No quiero que los cazadores del pueblo se me adelanten y lo maten –me dijo.

Estaba loco, y yo no lo podía creer. Me encontraba metido en esa persecución de nuevo, asumiendo que la criatura de los higos había muerto; y ahora, así como así, estábamos cazándola de nuevo.

Con jeep y todo nos metimos en el pasto a riesgo de atascarnos en cualquier momento. No muy lejos de nosotros, podíamos ver como la bestia se movía entre los yuyos. Yo tenía apuntando mi escopeta, pero José agarró el caño y me dijo:

–No disparés, esperá a verlo bien, no tenemos muchos de estos dardos. Vamos a bloquear el camino, no lo vamos a dejar ir hacia el pantano.

Encendiendo las luces altas, lo segábamos, impidiéndole el paso mientras hacía mover la maleza como un mar embravecido. Tomando la escopeta, José me hizo manejar a mí, y yo no dejaba de tocarle bocina y alumbrarlo. Lo teníamos loco, y eso ya me estaba gustando.

–Venía, acercate –lo retaba José colocando su vista en la mira.

De pronto, como que lo perdimos de vista... Alumbramos y ni un pasto se movía, sólo la brisa de la noche los peinaba con suavidad, encontrándonos con un claro más adelante.

–Pará, apagá el motor –me dijo José; y alzando su vista hacia delante, expresó–: Ahora lo tenemos.

Tomando las armas, nos escabullimos entre los pastos. No sabía bien lo que estaba pasando; pero por la actitud de mi primo, sentía que lo teníamos atrapado. Lentamente salimos al claro, y cada sonido que sentía, parecía el de la criatura. Daba la impresión que la teníamos ahí, a un paso de nosotros.

–¿Y eso? –preguntó José de pronto al ser sorprendidos por un familiar sonido.

–Es el tren, llegamos hasta la vía –le afirmé seguro.

Sin lugar a duda se trataba del tren que iba hacia Buenos Aires, su sonido era inconfundible.

–Si sabía seguía una estación más y bajaba acá –comenté poniéndonos al descubierto mientras pasaba el tren con suma lentitud al haber un cambio de vía.

–No hay estación en Los Higos –me dijo mi primo.

–Saltaba en vez de viajar cuatro horas en tu destartalado jeep –argumenté.

–El monstruo se habrá espantado hacia el pasto –dedujo José molesto.

Salimos de los yuyos y dimos un vistazo mientras los vagones pasaban lentamente con un aletargado tableteo. Era uno de esos trenes amarillos de larga distancia, un Fíat, como le decía yo por sus extremos redondeados, que arrastraba varios vagones de pasajeros, coches pullman y esos marrones furgones de equipaje.

–Che, miren ese negro –escuché de pronto desde el tren–. Che negro –me dijeron.

Eran dos pibes, y con la furia que tenía, me dieron ganas de matarlos.

–¿A quién le decís negro? ¡Negro te voy a dejar el ojo! –les advertí.

–Vení, subí si sos macho –me retó uno de ellos.

–No te vemos en la noche. Sos invisible en la oscuridad –argumentó su amigo matándose de risa.

–¡Teneme! –le dije a José dándole mi escopeta; y colgándome de la baranda, me colé al tren.

–¡Pará Feye! –me gritó José corriendo detrás mío.

–¿¡A quién le dijiste negro!? –exclamé irrumpiendo en el interior del tren, despertando a todos los pasajeros que estaban durmiendo.

Al verme, los pibes salieron corriendo al otro vagón, cerrándome la puerta en la cara. Yo tenía una furia, que la abrí de una patada, haciendo saltar a una vieja espamentosa que estaba profundamente dormida.

–Pará Feye, cortala, que tenemos que atrapar al monstruo –me decía mi primo intentándome detener.

Pero a esos pibes, quería recetarles gratis un par de anteojos a cada uno. ¡No me paraba nadie! ¡Estaba loco! Derribaba puertas tras puertas, asustando a todos los pasajeros y corriendo por los diferentes vagones de primera clase, segunda, tercera y pullman. Los iba a agarrar a garrotazos a los dos. Los guachos me llevaban casi un vagón de ventaja; pero en cualquier momento el tren se les iba a terminar. Me trabaron una puerta, y yo estaba dispuesto a abrirla, a desarmar el tren si era necesario. Venía arrastrando una bronca, y esos dos pibes iban a servir para desquitarme.

–¿Qué hacés? –me preguntó José alcanzándome, mientras yo estaba enceguecido por echarla abajo, y casi lo hice; pero por suerte esta se abrió. Y cuando llegué al siguiente vagón, los pibes venían corriendo hacia mí.

“Ah sí, ¿vienen a enfrentarme?”, me dije entre mí golpeando mi puño con la mano y frotándolo mientras apretaba mis dientes y fruncía el ceño.

Los cacé a cada uno del cogote y los tenía ahí apretados dándoles de coscorrones.

–¡Soltanos! ¡Soltanos! –me suplicaban los maricones.

–¿A quién le decían negro? –les preguntaba apretándolos con fuerza.

Pero ambos estaban desesperados, querían zafar a toda costa. Hacían una fuerza que casi más me hacen caer al suelo.

–Por favor, soltanos, no sabés lo que hay en el vagón de equipaje –me dijo uno de ellos–. Hay un gorila con cuernos.

–Un monstruo –exclamó el otro aterrorizado. No le prestaban importancia a mis coscorrones.

De la sorpresa, los brazos se me debilitaron, escapándoseme los dos.

–Vamos –me indicó José entregándome mi escopeta.

Flor de susto se habían pegado esos pibes, no iban a cargar más a nadie en toda su vida. Con arma en mano, recorrimos el vagón haciendo horrorizar a la gente; y al llegar a la primera sección de carga, podían oírse los bramidos de la bestia... Ocultándonos entre las grandes valijas y cajas, nos apostamos uno a cada lado de la puerta encañonando nuestras armas hacia el siguiente vagón... Lo recuerdo como si estuviese sucediendo ahora. Al asomarnos, vimos al Higor cara a cara, enseñándonos toda su afilada quijada. De inmediato, disparamos cada uno un dardo. El monstruo retrocedió, trastabillando hasta el fondo; pero sosteniéndose de la pared como un oso rengo y torpe, aún permanecía de pie. Yo quise pegarle otro tiro para rematarlo.

–No –me dijo José reteniéndome la escopeta–. Lo podés matar, estos dardos son muy potentes.

La criatura quiso ir hasta la puerta que estaba abierta, pero no alcanzó a hacer dos pasos cuando se desplomó como una bolsa de papas.

Bajando la guardia, el arriesgado de José entró, y hasta caminó a centímetros de él.

–Vení Feye –me dijo en un momento dado.

Pero yo tenía un miedo, temía que en cualquier momento esa criatura se iba a levantar y nos degollaría como a esas dos chicas del baile.

–No seas c…, no pasa nada –me decía tocándolo con la punta de su arma.

Me tomó varios minutos para tener el suficiente coraje de ir. Al acercarme, noté que aún respiraba agitadamente. Era una criatura de otro planeta ¡de verdad! Su único ojo, grande y amarillento como el de un gato, se estaba cerrando. Las cavernosas fosas nasales de su nariz, se contraían. Sus garras, filosas como cuchillas, se ocultaban debajo de cada uno de sus diez dedos en manos y patas, cubiertos con una violácea piel al igual que su aplastado hocico. Todo su cuerpo estaba envuelto por ese largo pelaje violeta con canas marrones y verdes. Lo teníamos atrapado, con uno de sus cuernos astillado y una de sus manos lastimada: cubierta por una costra negra. Lentamente, el gran abdomen debajo de su espeso pelaje, comenzó a mermar su movimiento de sube y baja.

–¿Y ahora qué hacemos? –le pregunté a José.

La gente ni se había enterado; y al parecer, nadie iba a tomar en serio a esos dos pibes. En José, bajo su seria cara, podía verse una sonrisa de victoria. Entretanto, el tren estaba disminuyendo la velocidad para parar en la estación de Villa Carlos Paz.

–Vos quedate acá. Yo voy a ir por Antonio para que me preste el camión y podamos llevar al monstruo hasta mi casa –me dijo.

–¿Pero vos estás loco? –lo amenacé con puño en alto.

–Nos encontramos en la próxima estación –me indicó mientras saltaba–. Cualquier cosa, si se mueve, ya sabés lo que tenés que hacer.

Esa no me la esperaba. Aprovechando que había disminuido la marcha, José saltó a las vías y salió corriendo a la casa de su amigo, dejándome a mí solo, con el Higor durmiendo y una escopeta en mano.

Yo cerré la compuerta del vagón, le puse la tranca, y cerré bien las dos puertas que lo comunicaban con el siguiente. Menos mal que ese era el último, y sólo tenía que vigilar al monstruo a través de los vidrios, y evitar que nadie viera ese vagón. Parecía un roñoso poncho tendido en medio del equipaje.

–Boletos, tengan listos sus pasajes por favor –me hizo sobresaltar una voz.

No... me quería matar. Yo con un arma en la mano, cuidando a un monstruo de otro planeta que estaba drogado, y sin boleto... Pero no conocen a Feye: “Las manos mágicas”... Enseguida me apropié de una funda que había por ahí, escondí el arma, pero...

–Boletos –me pescó el chancho al salir del vagón.

Claro que yo tenía preparado mi carné. Mi viejo trabajaba en el ferrocarril, y con ese carné podía viajar en cualquier tren a mitad de precio. Por supuesto que el boleto que tenía dentro de la funda ya cumplía como cinco años de antigüedad.

–Muy bien señor –me dijo al mirarlo superficialmente, y se fue; pero hacia la sección de carga...

–Está trabada –le avisé antes de que llegara a la puerta del fondo.

–Alguien le sacó la manija –me explicó mirando hacia dentro. (Claro, ese había sido yo.)

Menos mal que yo cerré la compuerta y adentro había quedado todo oscuro.

–Unos chicos me dijeron que vieron una especie de monstruo: un gorila con cuernos, no sé –agregó este dando un vistazo.

–Deben ser los que pesqué revisando las valijas –le dije.

–¿Revisando las valijas? –reaccionó el guarda mirándome.

–Sí, había un par de pibes rubios revisando las valijas, y yo los pesqué y los saqué corriendo –le expliqué inventando una de las mías.

–Así que revisando las valijas –se dijo el guarda ya enloquecido.

–Sí, les pegué un susto y salieron corriendo.

–Ya los voy a agarrar –expresó el chancho retirándose.

Ah, sí... Esos mocosos se iban a ligar un par de garrotazos extra por culpa mía.

 

      Estaba desesperado por llegar a la próxima estación. Tenía miedo de que ese monstruo se despertara en cualquier momento, pero el tren no detenía su marcha. Vi el andén, pero lo vi pasar de largo. A mí ya me estaba agarrando la loca. “¿Cómo que no paraba?”, me preguntaba al abandonar el vagón de carga dispuesto a reclamar, a romper todo.

–¿Qué pasa? –me preguntó el guarda al verme.

–¿Cuál es la próxima parada? –le consulté.

–Este tren va directo a Buenos Aires, no para hasta la estación de Haedo.

–¿¡Qué!? –exclamé en voz alta. Aunque ese tren me dejaba directo, cerca de mi casa, eso no estaba en mis planes.

–¿Tiene alguna urgencia? –me preguntó el guarda.

–No, nada, mejor –expresé, sin poder decirle que debía encontrarme con mi primo para llevarnos a un monstruo que tenía oculto en uno de los vagones de carga.

Estaba enloquecido, y para colmo, no tenía manera de avisarle a José.

Estuve horas vigilando al monstruo. Tenía hambre, sueño, de todo. El estómago me pedía a gritos algo de comida. Como la criatura ni se movía, dormité un poco, pero en cada sueño esta se levantaba directo a atacarme; pero al abrir los ojos y alumbrarlo con la linterna, este aún dormía. Le habíamos disparado dos dardos tranquilizantes que eran para elefantes. Esta cosa no se iba a despertar en tres días; y con la manija de la puerta en mi poder, nadie lograría entrar. El vagón estaba bien cerrado y perfectamente asegurado. Así que decidí ir a comer algo en el vagón comedor. Ah, sí... Me senté ahí como un rey, servilletita al cuello y todo.

–Mozo... –exigí.

Arrasé con todo, comí hasta postre y un café al final. La recompensa por la captura del monstruo me había venido muy bien.

Recostado en uno de los acolchados y reclinables asientos del vagón pulman, con alfombrita y aire acondicionado, di riendas sueltas a mi modorra, con una buena vista hacia el exterior y mirando de reojo el cercano vagón de carga; pero como nadie iba hasta allí, me dormí una buena siesta.

Como a las dos horas, comenzó a despertarme un constante bullicio. La gente no terminaba de pasar, rozarme y hacer alboroto, hasta que mi vagón había quedado prácticamente vacío.

–¿Qué película van a dar mami? –escuché la voz de un nene.

–¿Adónde van? –pregunté exaltándome.

–Al cine –me respondió una señora.

–¿Un vagón cine? –exclamé enloquecido.

–Sí, dan una película de karate que está re buena –me respondió un pibe.

Un vagón cine, eso sí que no podía perdérmelo. ¡Y daban una película de karate! ¡Mis favoritas! Estaba chocho, saltando de una pata. Al llegar a esa sección, la gente iba mostrando sus pasajes al guarda que estaba en la entrada. Yo saqué mi carné, y pasé con sólo enseñárselo. Estaba enloquecido. ¡Cine gratis! Sólo a mí me pueden pasar estas cosas. Así que compré unos pochoclos, me senté y a disfrutar de la película.

Como al rato, apareció una vieja que comenzó a protestar porque no había más asientos.

–Cómo si yo saqué pasaje pulman. Tenía un lugar en el vagón cine –se quejaba.

Todos le chistábamos. Claro, ese asiento lo estaba ocupando yo. Me mataba de risa en la oscuridad. La vieja lo hizo caminar al acomodador de un lado a otro, pero yo me hacía el tonto, comiendo mis pochoclos y disfrutando de la película.

Desde chiquito hacía que no había estado en un vagón cine. Y al terminar la película, comenzaron a pasar unos dibujos animados para los chicos; y como estaba cómodo, me quedé. Tenía que disfrutar esto al máximo. La vieja tuvo que permanecer parada en el fondo, y después se fue sacando chispas.

De repente, afuera comenzaron a escucharse gritos.

“¿Qué estará pasando?”, me preguntaba, pero estaba demasiado entretenido con el pato Donald como para ir a ver.

En eso, el tren frenó de golpe, la película se cortó de súbito, las luces se encendieron y la gente comenzó a desbandarse por todo el cine. Me paré y comencé a abrirme paso en medio de una desbocada multitud.

–¡Ehí! ¡No pasa nada! ¡Quédense quietos! –recuerdo que les decía en medio de los atropellos y gritos que ya sonaban sordos.

Y en contra de la corriente, logré llegar al próximo vagón con toda la ropa arrugada. Al ver por la ventana, reconocía el barrio. Estábamos a pocas cuadras de la estación de Haedo. Las puertas se abrieron, y la gente comenzó a saltar desesperada, hasta había algunos que salían por las ventanillas. Un poco de humo proveniente de los vagones de atrás, había sido la causa de ese absurdo pánico. Yo permanecí tranquilo y caminé lo más pancho, mientras los demás se desesperaban en ir hacia delante.

Al ir avanzando, el humo se hacía cada vez más espeso. Al parecer unos cables se habían quemado, porque se percibía un olor a plástico que mataba. Y de entre el turbio humo blanco, me topé con un padre con su hijo.

–Tengo miedo papá, salgamos de aquí –decía el nene–. ¿Viste ese monstruo?

“¿Monstruo?... ¡No!!! ¡Me había olvidado del Higor!”, pensé en ese momento agarrándome de la cabeza. Me quería matar. Y para colmo, había escondido mi escopeta en el vagón de carga.

–¡Monstruo! ¿Qué monstruo? –lo interrogué desesperado, tomándolo de la remera.

–Estaba en el vagón de equipaje. Gruñía, golpeaba la puerta; quería salir –me respondió el nene asustado.

Era verdad, habían estado ahí. El padre llevaba sus dos maletas.

Tenía que llegar ahí antes de que el Higor se soltara. Colocándome la remera sobre la nariz, me sumergí en el humo, abriéndome paso entre los vacíos vagones. Aterrada, la gente había decidido continuar a pie hasta la estación de Haedo.

Estaba a unos pasos de llegar al vagón de carga. Ya no daba más: los ojos me lloraban y el humo no me permitía ver y respirar bien. En cualquier momento caía desmayado... Y ahí fue cuando me topé con él, advirtiendo que la puerta que daba a la sección de equipaje estaba descuadrada, colgando de una bisagra... Sosteniéndome del bracero de los asientos, intentaba llegar al vagón de equipaje, cuando una gran sombra me bloqueó el paso. Era enorme, levanté la vista, y lo tenía ahí parado, con sus largos cuernos rozando el techo. Hasta pude sentir su aliento sobre mi cara. Me quedé quieto, inmóvil, pero todo se me oscureció a mi alrededor...

 

      Cuando abrí los ojos, me hallaba acostado en la cama de un hospital. Tenía una tos de locos y me incorporé confundido, exaltado...

–¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –pregunté enloquecido.

Vestía uno de esos pijamas blancos de hospital, y palpé mi cuerpo intacto a pesar de mi encuentro con la criatura. Por lo visto, aún estaba drogada por los tranquilizantes y no me hizo nada. Sólo me dolía la cabeza y me ardían un poco los ojos; aparte de la tos y el olor a cable quemado que aún persistía en mi nariz.

–¿Se despertó? –me preguntó la enfermera, una de esas viejas gordas–. Inhaló mucho humo. Tuvimos que administrarle oxígeno.

–¿Qué pasó? –volví a preguntar, haber si me daba alguna información sobre la criatura.

–Nada, entraron en corto unos cables y comenzó a llenarse de humo el tren –me respondió la enfermera despreocupada, regañándome–: ¿Y usted qué hacía que no salía? Iba directo hacia el foco del humo.

–Había dejado mi maleta en el vagón de carga –improvisé. No podía decirle nada sobre el monstruo.

–Estamos informando desde el jardín de infantes Las Ardillitas, sobre un siniestro que se desencadenó hace no más de cinco minutos –notificaba un periodista en un viejo televisor a blanco y negro que colgaba del techo.

Boquiabierto, presté atención, porque se trataba del jardín donde iba la hermanita de Pablo, uno de mis mejores amigos que conocía desde los cinco años. Afuera, había una gran multitud, y entre ellos, pude distinguir a la madre de mi amigo. Se estaba incendiando un galpón o algo parecido; y con las mangueras a presión, los bomberos se desesperaban por apagarlo.

–Señora, ¿qué pasó? –entrevistó uno de los periodistas.

–No sé, estábamos en clases y, de pronto escuché gritos. Salí afuera con los chicos y el depósito se estaba incendiando –respondió una de las maestras.

–¿No sabe qué causó el incendio? –preguntó el periodista.

–No, yo había dejado a mis chicos afuera para que jugaran un poco –respondió otra de las maestras angustiada; y llorando, confesó–: Hay tres criaturas adentro. Yo las mandé para que vayan a buscar unos paquetes de galletitas para que tomaran la merienda en el patio...

A todo esto, la cámara enfocó hacia abajo, a una nenita que no dejaba de jalarle el pantalón al periodista.

–¿Qué viste vos? –le preguntaron.

–Un monstruo. Subió por la pared y entró ahí –señaló la nenita.

–¡Un monstruo! –exclamé. Ya me estaba levantando.

–¿Un monstruo? –preguntó el periodista risueño–. ¿Y cómo era ese monstruo que viste?

–Grande como un mono –enfatizó la nenita levantando su mano hasta donde podía–. Y tenía dos cuernos largos.

Estaba loco.

–¿Adónde vas? –me gritó la enfermera al verme saltar de la cama.

Ya me iba a ir del hospital con el pijama puesto. Terminándome de vestir mientras salía corriendo, pensaba ¿qué iba a ser? No tenía la escopeta, nada. Y al llegar a la estación, vi que el tren había llegado al andén con sus puertas y ventanas abiertas, y aún echando algo de humo.

–Mi escopeta –dije con ansias de recuperarla.

–¡Feye! ¡Feye! –me llamaron de pronto. Ya me iba a colgar en el tren.

Y al darme vuelta, vi a mi primo subido en un camión junto al chivudo de su amigo.

–¡Sos un lagarto! –le dije desquitándome con él a coscorrones.

–¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Dónde está el Higor? –me preguntó.

–Se armó un incendio en el tren, se escapó, y ahora parece ser que se metió en un jardín de infantes y armó un incendio. Está atrapado en un depósito con tres nenes –le respondí calmándome y subiéndome con ellos al azul camión de su amigo.

–¿Sabés adónde queda ese jardín? –me preguntó Antonio poniéndose en marcha.

–Sí, ahí va la hermana de un amigo mío –le respondí, indicándole enloquecido–: ¡Más rápido! ¡Parecés una tortuga! Y vos sos un lagarto José.

–Y yo qué sabía que el tren no paraba hasta Buenos Aires. Culpa tuya que te calentaste por dos pende… y te subiste a ese tren –argumentó él.

–Y menos mal que subí, porque ahí estaba el Higor –le recordé estirando la mano para darle otro garrotazo.

–Ya basta, cálmense un poco –nos decía Antonio separándonos.

–Este mongui que quiere atrapar a ese monstruo vivo –expresaba enfurecido.

–Pasamos por mi cabaña y tengo dardos como para dormir a una manada de elefantes –me aseguró José.

Al llegar al jardín de infantes, todo era un alboroto. Al parecer los bomberos habían rescatado a dos nenitas: Estas se encontraban recostadas en camillas con una máscara de oxígeno cubriendo su rostro. Como de seguro estaba yo, cuando me desmayé como un mongui en el tren. Pero allí el cuadro era diferente: Madres desesperadas, nenas y nenes de guardapolvo rosa o celeste respectivamente, con sus cuellos rojos, azules o verdes, según a que sala perteneciesen, todos asustados y confundidos. Maestras angustiadas, y bomberos de casco amarillo y uniforme gris oscuro controlando la situación, aparte de la policía.

–¡Mi hija! ¡Falta mi hija! ¿¡Dónde está mi hija!? –se escuchaba la voz de una desesperada madre; y al darme vuelta, era la madre de Pablo.

–Buscamos en todo el depósito. Ella no está ahí adentro. Pudo haber salido –le explicaba uno de los bomberos.

–Pero entró con sus compañeritas. Nadie la vio salir –aseguraba Vilma, la madre de Pablo, una mujer rubia y de aspecto conservador.

Estaba desesperada. Entretanto, escuchaba comentar a uno de los bomberos que habían salido luego de rescatar a las nenitas.

–Era horrible. Adentro había un monstruo. Una especie de gorila con cuernos –le explicaba a su compañero–. Preguntale a Marcelo, él también lo vio.

–Vamos, vos quedate acá –me indicó José entregándome otra escopeta mientras Antonio nos aguardaba con la plateada caja de su camión abierta.

Asegurando las armas, nos abrimos paso entre la muchedumbre como dos importantes cazadores. Bastante imprudente, ya que ahora estaba en la ciudad y no en medio del campo, así que ya no me podía hacer muy el vivo.

–Feye, ¿qué hacés acá? –me había topado con mi amigo Pablo, totalmente lo opuesto a mí: Rubio, de pelo lacio, tez blanca y de buena posición económica.

–Vamos a cazar al animal, después te cuento –le dije apurado, ya que mi primo no se detenía por nada.

–¡Natalia está por ahí! ¡Fijate si la encontrás! –exclamó mientras cruzábamos la valla.

–¿Ustedes dónde van? –nos detuvo un policía.

–Fuimos informados que acá puede haber un animal peligroso. Venimos a atraparlo –le explicó José mostrándole sus credenciales–. Él viene conmigo.

Teniendo casi 16 años, sin permiso para portar armas y sin ninguna credencial, me habían dejado pasar como a todo un profesional. Y lo era. Una vez había acompañado a José a una cacería normal, y fue ahí donde descubrió mi buena puntería y mi innato manejo de las armas. Desde entonces me tuvo en cuenta para sus locuras, y yo lo seguí.

El fuego se estaba extendiendo a los demás salones del jardín. Los bomberos, con sus mangueras a presión, intentaban extinguir el foco del siniestro.

–El Higor tiene que salir en cualquier momento –me decía José mientras rodeábamos el depósito en busca de un lugar libre de llamas.

–Pudo haberse desmayado por el humo. Todavía estaba algo atontado cuando me lo encontré en el tren –argumenté.

José me miraba, no entendía nada. Entretanto, el intimidante calor de las llamas no nos dejaba avanzar más.

–¿Te lo encontraste en el tren y no le disparaste? –me reprochó.

–¿Qué querés? Si había tanto humo y olor a cable quemado, que me intoxiqué y me desmayé. Por suerte la criatura estaba algo atontada y no me atacó –reaccioné haciéndome el ofendido. Claro, si le decía la verdad iba a terminar con la cabeza llena de chichones.

–Entonces vamos a entrar –resolvió mi primo; y dirigiéndose a uno de los bomberos, le pidió–: ¡Jefe! ¡Necesito dos máscaras de oxígeno!

Pero no terminó de decir aquellas palabras, cuando nos sorprendió un estrepitoso sonido. En el acto, estalló una oleada de gritos y horror. La bestia había emergido del depósito. De entre las llamas, destrozó una de sus paredes poniéndose al descubierto ante toda la gente: los bomberos, la policía y las cámaras de televisión. Con José, sólo atinamos a voltear y disparar los dardos, pero la criatura, con parte de su pelaje encendido, su único ojo apuntándonos, su mandíbula abierta y sus garras de sable desenvainadas, se abalanzó hacia nosotros como un gorila desbocado, un toro salvaje dispuesto a ensartarnos con sus cuernos, o un felino presto a rebanarnos con sus garras...

Por suerte uno de los bomberos lo apartó con el fuerte chorro de su manguera. Higor había caído a unos metros de nosotros como un empapado felpudo; y mojado, con el fuego extinto, intentaba levantarse; pero las sordas detonaciones, semejantes a las de un rifle de aire comprimido, corcovearon nuestras escopetas, disparándole una serie de cuatro dardos.

–¡No disparen! ¡No disparen! –les decía José a los policías que ya habían sacado sus armas.

Irguiendo a penas su pecho, este ya no podía incorporarse, desplomándose como un pesado estropajo empapado. Intentaba flexionar sus brazos, pero los tranquilizantes ya le estaban haciendo efecto. Con José nos habíamos colocado cerca de él, cosa de que nadie se atreviera a dispararle por miedo de que nos dieran a nosotros. Inmóvil, Higor había quedado tendido en el suelo, en medio de un charco de agua. Bomberos, policías, y algunos curiosos se habían acercado a nuestro alrededor. Los periodistas estaban enloquecidos, querían pasar a toda costa para registrar la noticia. Al parecer el secreto de mi primo se había hecho público: Estaba saliendo por todos los televisores y radios del país.

–¡¡Vení Antonio!! ¡¡Ayudanos!! –le gritó mi primo a su amigo.

Abriéndose paso entre la muchedumbre, el chivudo de su amigo se quedó paralizado al ver al Higor.

–¡Dale mongui! ¡No te quedés ahí papando moscas y ayudá! –le dije yo, quemándolo en medio de todos los espectadores.

Hasta nos habían hecho un cordón humano entre los bomberos y la policía para poder transportar al Higor hasta el camión.

Entre los tres y con la ayuda de los bomberos, lo pudimos levantar y cargar hasta el interior de la caja, que era de metal. Pesaba una tonelada el monstruo ese. Pensaba que me moría. Pero al fin lo depositamos dentro, trabamos bien su puerta con un candado y cadenas enormes.

–¿Dónde van a llevar a la criatura? –entrevistó uno de los periodistas a José.

–Al zoológico de Villa Carlos Paz –le respondió.

–¿Qué clase de especie es? –agregó.

–Todos lo sabrán cuando tenga las pruebas –contestó mi primo entrando en el camión y cerrándole la puerta.

–¿Qué hacés lagarto? ¡Estamos en televisión! –lo regañé molesto, ya que tenía ganas de lucirme.

–Después cuando les muestre la nave y todo, te vas a pudrir de salir en televisión –me aseguró mientras nos poníamos en marcha.

 

      Ese día me la había pasado viajando: De Córdoba a Buenos Aires, y de vuelta a Córdoba, pero ahora apretado y a bordo de un camión. El plan de mi primo era llevar al monstruo a su cabaña, y de ahí avisar a las autoridades de la provincia, mandarlos a buscar la nave espacial en el pantano de los higos y cobrar buena platita por entregar un animal de otro planeta al zoológico. Al principio pensé que José tenía un aire en el cerebro; pero, recapacitándolo bien, era lógico obrar así si quería llevarse todos los reconocimientos. Y más guita íbamos a ganar si la NASA quería al monstruo de los higos, o la nave espacial. ¡Íbamos a ser millonarios! ¡¡Sí!!! Yo estaba enloquecido. No obstante, por desgracia en la radio me enteré que todavía no encontraban a la hermanita de Pablo.

Para cuando transitamos por el camino de tierra que iba hacia la cabaña de José, estaba muy avanzada la noche. Entre José, Antonio y yo, nos turnábamos para conducir. Le habíamos suministrado un quinto dardo a la criatura por prudencia; y faltando poco para que al fin llegáramos, conducía José, yo estaba bien despierto mientras Antonio dormía como un tronco. A cada rato, tenía que empujarlo porque se recostaba en mi hombro y me picaba con su barba como si fuera la novia. Después no sé bien lo que pasó con precisión, pero fue lo más extraño que nos ocurrió en esta hazaña.

Estábamos a dos kilómetros de la cabaña de José. El camino de tierra era oscuro, sólo las estrellas brillaban en un firmamento sin luna. Al rato, comenzamos a ver un par de reflejos, como si un automóvil se nos acercara por detrás. Era raro, ya que nadie iba por ese camino. Por eso, José se extrañó y movía el espejo retrovisor para verlo. Una y otra vez cambiaba su ángulo con suma intriga.

–Fijate quién viene –me dijo a mí.

Pero yo tenía al troncazo de Antonio entremedio. Así que tuve que pasar por encima de él, y a duras penas pude tocar el espejo retrovisor. Ante un mal movimiento por lo accidentado del camino, lo empujé hacia arriba... Lo que vi no lo podía creer: Parecía que un auto estaba volando por encima de nosotros y alcanzándonos. Después, sus faros se apagaron y la imagen desapareció. Pensé que estaba viendo visiones, ya que todo lo había contemplado en un instante, en medio de un salto de bache. Los árboles, el viento, la oscuridad y el cansancio, podían estar haciéndome una broma.

–No hay nada –recuerdo que le dije a José.

–Ya estamos por llegar –me respondió él.

Después, vi como una segadora luz blanca, y creo que me desmayé. El resto no sé, si había sido un sueño o lo había visto en realidad... Estaba como paralizado, sentía todo mi cuerpo duro como una piedra. Podía ver hacia el frente, ni siquiera los ojos alcanzaba a mover. El camión estaba parado y, contemplé como si los faros de un auto nos iluminaran de arriba. A continuación, vi asomarse a alguien. Era Sonev, un antiguo amigo nuestro que venía de Japón. Era misterioso y serio, de pelo castaño oscuro y ojos marrones. Siempre tenía la respuesta a todo. Era un bocho en el colegio. Y un día se mudó de vuelta a Japón, y nunca más supimos más nada de él. Recuerdo que nos miraba... Luego desperté recostado sobre José. Mi primo estaba recargado en el volante, Antonio continuaba durmiendo como un tronco, el motor del camión seguía en marcha y estábamos parados en medio del camino.

–Me quedé dormido. ¿Qué pasó? –reaccionó incorporándose; y mirándome, se la agarró conmigo, reprochándome–: ¿Por qué no me despertaste?

–¿Vistes esa luz? –le pregunté aún alucinado.

–¿Qué luz? Me tendrías que haber despertado –expresó mientras retomaba la marcha.

–¿Qué pasa che? –preguntó Antonio desperezándose.

–Ya llegamos –le respondió José.

Yo tenía un cansancio que no daba más. Estacionamos el camión detrás de la cabaña. José ya tenía preparada la jaula, esperándonos con la puerta abierta y todo. Abrimos la parte de atrás del camión, y no había nada... estaba vacío. Nos quedamos ahí mirando atontados; y reaccionando, José saltó al interior, recorriendo toda la caja. Las puertas habían estado aseguradas con las cadenas y el candado. El monstruo no había escapado… había desaparecido…

Nunca le habíamos encontrado explicación a ese extraño hecho. Cuando regresamos a Los Higos, la nave espacial desapareció. Sólo quedaba el cráter. La computadora que mi primo había puesto en el jeep, tampoco estaba. Nadie sabía nada, ni las mochileras que nos habían estado cuidando el vehículo...